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  • Juan Ignacio Costoya

Planificar y gestionar ante la complejidad.

Actualizado: 30 de nov de 2020


Desde hace 12 años que llevo adelante la planificación y gestión de proyectos que integran aspectos sociales, culturales, educativos, comunicacionales y de desarrollo personal. En todos esos años me he encontrado infinidad de veces con la necesidad de crear proyectos para presentar a licitaciones, concursos, convocatorias, llamados, etc., o para responder a solicitudes particulares de realizar proyectos dentro de un contexto, problemática o situación determinada.

Siempre me sedujo todo lo que implica crear un proyecto desde sus comienzos, llevar las ideas al papel, escribirlas, dibujarlas, encontrar una lógica, descubrir los errores y las mejoras, revisar lo realizado y volver a crear, hasta que con eso construido me convenzo de que hay un buen lugar de comienzo.

Todo comienzo, todo inicio y creación de una planificación tiene encuentros con un concepto muy particular, que se presenta también a lo largo de toda la gestión y la implementación de un proyecto, y que cada vez que se presenta nos exige ponernos a la altura de eso construido desde el inicio. Me refiero al concepto de complejidad.

La complejidad se presenta en diferentes niveles y escalas para enseñarnos algo muy concreto, la importancia de saber cuándo dividir y cuándo unir las partes de un contexto para comprenderlo.


“Lo complejo no solo es lo emergente sino la dualidad en los procesos, las presiones contradictorias”(1).


Pensar lo complejo es pensar en un entramado, una unión de tramas, de lógicas, similar a lo que podemos encontrar en un tejido, que contiene diferentes tipos de nudos con mayor o menor grado de complejidad o dificultad, formando un todo con una misma estructura.


¿Cuántas veces comenzaste un proyecto sin comprender ante qué estabas? Con que una sola vez hayas estado en esta situación entiendes lo que digo si nombro complejidad a ese entramado que parece imposible de decodificar y de ser comprendido. Personas, sucesos, historias, objetos, sentimientos, lugares...un hilo invisible une todo, le da sentido al todo, pero no logramos descifrar todo eso desde el inicio (por no decir que la mayoría de las veces ese entramado nunca se logra comprender), y precisamos de un recorrido que nos vaya mostrando las piezas que nos permitirán armar la realidad.


Ante todo eso con lo que nos encontramos y que parece un gran caos, nos guiamos o nos extraviamos, nos reconocemos o nos ignoramos. Con el tiempo empezamos a comprender que eso complejo no es sólo algo externo sino que tiene una íntima relación con nosotros. El adentro y el afuera se encuentran para mostrarnos que el contexto, la realidad, tal vez no es algo que sólo está afuera.


Lo complejo está ahí y no podemos obviarlo. Quien niega al entramado se niega a sí mismo, quien huye de lo complejo huye de la vida misma.


No nos han enseñado qué hacer ante algo complejo, o lo poco que nos han enseñado no parece funcionar para que con eso nosotros comprendamos ante qué estamos. Cuando no logramos comprender lo complejo empieza a suceder que eso se transforma en otra cosa, dónde lo confuso hace todo más incomprensible y nos extraviamos en pensamientos que nos llevan de un lado para el otro. En este punto es en el que lo complejo se transforma en un laberinto, ese mítico lugar del que no sabemos si hay salida o no.


Quién quiera realmente comprender algo complejo tendrá que entender que lo más probable es que en algún momento se extravíe en laberintos mentales de los que hay que aprender a entrar y salir. No nos han enseñado qué hacer ante lo complejo, así como no nos han enseñado qué hacer ante los laberintos, y menos aún nos han dicho que el laberinto está ahí porque tiene al igual que lo complejo y el entramado, una relación directa con nosotros. Tal vez algún día lleguemos, una vez más, ante la puerta de un laberinto y nos toque decidir si entrar o permanecer en lo anterior. Si decides entrar, ¿A qué te aferras?, ¿Hacia dónde te diriges?, ¿Qué te propones?, ¿Cuál es tu plan?...


Los mitos son un excelente lugar donde encontrar preguntas y respuestas a eso que en la vida cotidiana no logramos comprender. En los mitos de las diferentes culturas iniciáticas están representadas todas las escenas arquetípicas de la historia de la humanidad y aunque tal vez te cueste creerlo, puede que tu problema, eso que crees que te sucede a ti y a nadie mas, ya haya sido vivenciado por alguien hace miles de años, cientos de años, algunas décadas o ayer mismo, y eso haya quedado plasmado en algún lugar para contarnos sobre un problema, y tal vez, una posible solución.


Cuando hablamos de laberintos en una cultura occidental es el mito de Ícaro el más conocido y mencionado. El relato del joven que logró escapar del laberinto gracias al ingenio de utilizar alas para salir volando por encima del mismo, quién luego sufrió la tragedia de que sus alas se desarmaran por acercarse demasiado al sol. Este es un mito muy conocido, pero de todos los lugares en donde lo he leído, jamás he visto que alguien se preguntara ¿por qué entró Ícaro al laberinto?


Ícaro no estaba solo en ese lugar, lo acompañaba su padre Dédalo, quien fue el creador del laberinto, a dónde el rey Minos los condenó a vivir a ambos encerrados, cuando se sintió traicionado (2). Es el mismo Dédalo, el ingenioso e inteligente artesano que atrapado en su propia creación junto a su hijo, decide inventar alas con plumas de ave y barro para ambos volar por la parte superior del laberinto. Pero es sólo Dédalo el que usa las alas con prudencia, es el único que sobrevive al vuelo para llegar a un nuevo destino, mientras que Ícaro, pese a las advertencias de su padre, vuela demasiado cerca del sol y cuando sus alas empiezan a desarmarse por el calor, cae y muere.


Jamás se cuenta el porque a Ícaro lo encerraron, nos cuentan lo que parece ser un gran mérito por haber escapado tan ingeniosamente del laberinto, nos cuentan la desgracia (y hasta podría decirse “advertencia”) por acercarse demasiado al sol, más parece que nadie se interesa en considerar que Ícaro no creo las alas que usó, y menos aún se preguntó en momento alguno, por qué fue encerrado en ese lugar.


Si la complejidad llega a nuestra vida y eso se nos vuelve un laberinto del que no logramos escapar, o si decidimos entrar por nosotros mismos al laberinto porque lo aceptamos como un lugar a atravesar, sería prudente considerar en principio por dónde entramos a ese lugar y que plan es el que estamos siguiendo para salir de allí.


“Después de su llegada a Creta, Teseo recibió la impagable ayuda de una de las hijas del rey, Ariadna, que se enamoró de él y preguntó al constructor del laberinto para ayudar a su amado. Dédalo le dijo que Teseo sería capaz de encontrar el camino de vuelta si ataba el cabo de una madeja de hilo en la puerta en cuanto entrara, la fuera soltando según avanzaba por los pasillos y la rebobinara de camino de vuelta después de enfrentarse con el Minotauro” (3). He aquí la razón por la que Minos encerró a Dédalo en el laberinto junto a su hijo Ícaro, y vemos también que antes de inventar las alas como solución, Dédalo le había dado a otra persona una vía muy diferente para lograr salir del laberinto.


En este punto, llegando a comprensiones que nos acerquen hacia una conclusión de lo que este mito nos enseña acerca de la planificación y la gestión de proyectos, comprendemos que la primera vía para lograr salir de un laberinto es volver al lugar por donde entramos. Esa madeja de hilo atada al inicio del camino nos permite entrar al laberinto sin perdernos, y así beneficiarnos de todo lo que allí adentro encontramos aún cuando no hayamos encontrado otra salida. El lugar por dónde entras a un laberinto es ese problema, esa pregunta, esa duda inicial que si logras poner en palabras te enseña a hacer del laberinto un aliado.


Si no reconocemos el lugar desde dónde entramos al laberinto los riesgos son muy altos, ¿quién nos garantiza que hay otra salida? Lo complejo nos puede unir con algo que nunca antes se haya conocido o nos puede llevar a un extravío eterno.


Primer punto clave para pensar la planificación y gestión de nuestros proyectos, que va más allá de lo que nos dicen académicamente cuando nos enseñan a definir una problemática, es pensar cuál es ese problema con el que tú te encuentras al momento de realizar una planificación. Si logras poner en palabras ese problema desde el inicio verás que eso mismo es lo que se te va a presentar a lo largo de todo tu proyecto, a lo largo de toda la gestión, con diferentes formas. Tu estas caminando por ese laberinto que es el entramado, si tienes en tu mano la madeja de hilo que ataste al inicio siempre sabrás que puedes retornar al punto de partida, si no lo tienes estarás en manos del laberinto o en manos de otro que te proponga un plan que tal vez a ti no te funcione.


Y aquí el segundo punto importante para pensar la planificación y la gestión de nuestros proyectos. Hay muchas soluciones que en principio son ingeniosas, fantásticas, innovadoras pero que al momento de comprobar si eso realmente nos ha solucionado (4) el problema nos damos cuenta que no son soluciones, sino ideas fascinantes que nos ciegan y no nos permiten ver que eso no resuelve el problema sino que lo que hace es desplazarlo, negarlo o desconocerlo. Esto mismo sucede con un plan, si el plan que seguimos no lo hemos realizado nosotros tal vez estemos siguiendo un camino que nos lleva a un peor lugar que el anterior.


Para cada problema podremos crear un plan más eficiente acorde a resolver ese problema. Cada persona entra desde un lugar al laberinto, no hay dos entradas, no hay dos problemas, por lo tanto así como cada persona tendrá que ver cuál es el único problema que se le presenta, tendrá que crear también el plan que llevará a cabo para resolverlo. Si alguien de afuera nos dice cuál es el plan que nosotros debemos seguir, porque ese plan ese el que le sirvió a esa persona para resolver sus problemas (o al menos eso es lo que cree esa persona), lo más probable es que eso no nos funcione a nosotros, porque el lugar desde el cual cada uno inicia su laberinto es muy distinto al lugar desde el que inicia el otro.


El mismo Dédalo logro escapar del laberinto con las alas que construyó, pero esas alas no le sirvieron a Ícaro, no porque no fueran una buena solución, o porque no fuera un plan ingenioso, sino porque Ícaro nunca estuvo a la altura de las alas que su padre le dió. Ìcaro se creyó libre cuando el problema que había resuelto no era el propio, él no estaba ahí por algo que él había cometido, estaba encerrado por un problema que había tenido su padre. Tampoco le sirvió la solución porque ni siquiera se interesó en crear él su propio plan, sino que dependió de que su padre le diera alas y una sola advertencia, que Ìcaro no se interesó siquiera en considerar.


Si la relación entre planificación, gestión y este mito les parece un tanto distante porque académicamente nos han enseñando que es necesarios definir problemáticas, indicadores y variables que nos prometen comprensión del entramado con el que nos encontramos, es clave recordar que cada familia, cada ciudad, cada país, cada cultura tiene un mito que los rige, por lo tanto, un solo problema que rige entre todos los problemas económicos, sociales, científicos o religiosos que desde afuera nos dicen que existen.


El ejercicio de reconocer esos mitos es a lo que los invito a seguir recorriendo en los próximos escritos que realizaré, dónde veremos, comprenderemos y concluiremos en las claves que nos aportan los mitos al momento de realizar la planificación y gestión de proyectos.



(1): "La capacidad de gobernar en organizaciones complejas; Los acuerdos, la tensión creativa y tolerancia a la diversidad". Jorge Etkin

(2): Pueden leer el mito de Ícaro en “El gran libro de la mitología Griega” de Robin Hard, 1929.

(3): Pág. 454, “El gran libro de la mitología Griega” de Robin Hard, 1929.

(4): Ver a que me refiero cuando hablo de Solución en: "Solución y Problema, El Para Qué en la Planificación" (link).

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